Puede pensarse que con este título invitamos a un juego de palabras. Pero, no; la situación no está para bromas. Se me ha ocurrido para subrayar en breve la tirante situación política promovida por el secesionismo catalán. ¡Qué más quisiera uno que plantear un escenario lúdico para describir el estado de nuestro Estado!

El independentismo catalán se afana en practicar una estrategia comunicacional cuyo objetivo es alejar al pueblo que gobierna del resto de España. Lo ha venido haciendo durante los últimos treinta años a través de la vía escolar. Y ahora, en fuga paroxística de la cruda realidad de la pobreza que nos han traído la crisis y los malos políticos, prostituye la comunicación, la más consustancial y social de las dimensiones humanas (comunidad está en su raíz) para convertirla en la palanca de su estrategia para incomunicar a los catalanes con los españoles. Apariencia de conexión para separar.

Y todo, para ver si “pilla” una mayoría absoluta en unas nuevas elecciones, tras una breve legislatura larga en desaciertos y fracasos, para luego entrar en un nuevo periodo libre para continuar con la hoja de ruta de la improvisación.

Manipulación, mensajes molotov, lágrimas de cocodrilo victimista para que su gente encuentre fuera el culpable que tiene dentro. Y tampoco desde el otro lado se replica con transparencia y fuerza la verdad histórica revelada por las deidades nacionalistas. ¿Tan lleno de trampas está el comportamiento político que la trasparencia podría convertirse en un peligroso bumerán?

Y cuanto peor estemos -y estamos peor que nunca en los últimos 30 años- mejor para  una clase política sin reaños para afrontar los problemas reales con generosidad. Mas, el nuevo Moisés salvador, y sus compañeros de la operación “Cataluña libre” (¿De quién se tienen que liberar sino de sí mismos?) continúan la bélica tradición etarra de aprovecharse de la debilidad del Estado cuando este yace más postrado. Lo dicho, cuanto peor, mejor.

Jaime de la Fuente.